Ella creía que el horóscopo era una mera sumatoria de frases construidas
por el rutinario trabajo de alguien que nunca levantaba la vista del teclado para ver las estrellas.
No le importaba la fecha o la alineación en la cual había nacido
su media naranja... sino el hecho de que no sea media, sino una entera.
Sin embargo, cuando llegó a su mar, ese que lo había formado,
que lo había hecho ser un marinero en busca de su norte,
el hombre de pocas palabras que las dice en el momento junto...,
ella comprendió que era más piscis de lo que pensaba.
Era el salmón remando contra la corriente que se conformaba
con la pareja que encontraba, aunque sea despareja. Era como un pez que necesitaba de su mar para vivir.
Él, así como predicho en tres renglones por una revista cualquiera:
pasó de ser un conocido, a ser parte de ella misma.
Siete meses atrás, estaba conociendo a un hombre que hablaba de su ex
y se sacaba la zapatilla para probarse el zapato de su amiga.
Siente meses atrás, le preguntaban por alguien de quien lo único que conocía era su nombre, y hasta ahí.
Siete meses atrás, ni se hubiese imaginado que siete meses después,
estaría viéndolo tirarle un beso con el corazón.
Ella abre la puerta del balcón, y se aferra a su cuello
como si tuviese miedo de caerse.
Él la sostiene con el brazo derecho; no intenta apartarla, no quiere hacerlo.
Y ella lo observa, calmado, seguro; no entiende cómo no duda.
Él le intenta dar un beso en el cuello, y es el motivo por el cual
ella se aparta y sale corriendo.
Aún le queda medio cigarrillo y es una buena excusa para darle tiempo,
para que lo desee, para que quiera que la vaya a buscar.
Siempre fue el otro el que no se animaba.
Siempre fue el otro el de la culpa, el que no quería avanzaba.
Ella, a quien nadie llegó a tratarla así, a quererla así -o al menos
en algo más que lo que dura un sueño-, hoy, es la que le huye al compromiso…
Recuerdo a Platero con su pelaje blanco; la repisa en la cual se encontraba; el olor a espera de alguien que lo sacara de ahí. La ventana que daba al jardín que regaba siempre con una de mis mallas enterizas y los pies descalzos…
Amaba ese jardín que parecía inmenso; las uvas más oscuras y dulces
que comí en mi vida, que siempre para arrancarlas de la parra tenía que subirme a la mesa del jardín y, aun así, pararme en puntas de pie porque no las alcanzaba.
Recuerdo sus caricias mientras me peinaba y ataba la cinta de Minie que tanto me gustaba; sus finos y enrulados pelos, cortitos y rojizos; peinarla yo, después de ella. Sus vestidos floreados, hasta las rodillas; sus piernas, carentes de tobillos, casi siempre sobre una silla.
Los deditos encimados me causaban gracias, e intentaba, inútilmente, separarlos mientras ella me observaba detrás de sus anteojos redondos.
Recuerdo la última, y, una de las pocas veces que sentí el amor de mi abuelo. Preguntó quién era esa muchachita que estaba a su lado y, cuando le comentaron que era su nieta, dijo: “¡qué hermosa nieta que tengo!” tocándome el brazo y regalándome una sonrisa.
Recuerdo esos momentos y espero jamás olvidarlos. Esa sensación de estar en otro mundo. Donde el reloj no marcaba las horas, sino familiares,
y las doce eran un abuelo y abuela a horas de empezar una hermosa familia.
Un perro a unas cuadras pasea a su dueña por las calles de Las Mercedes. Una casa que ayer estaba de festejo, hoy parece desierta.
Me cuesta respirar con tanto aire puro.
Hoy, después de mucho tiempo, me agrada mi propia compañía.
Podría describir el despertar de cada mañana, la calidez del sol, los tonos de las copas de los árboles debajo de un 6to piso. No quiero hacerlo.
Una semana con la mente lejos, como verano. Necesaria, como los amigos al buen vino, como todos y todo para que este viaje haya sido lo que fue.
Los pensamientos iban y venían, los días se pasaban –y vivían –. Pero los que captaban mi atención, eran los dos amigos con los que disfrutaba cada momento. Y las calles, el río, la gente...
Se pasó volando.
Las observaba despedirse como por última vez. Los años estaban llenos de amistad, y eran varios.
Un gym en un galpón. Un río que apenas se hacía ver. Un campo estrellado por las luces de una ciudad en despedida.
Sólo una, una estrella en el cielo inmenso de luna llena y plateada.
Cuando entré, ya estaba ahí. Rompía las puertas y agrandaba el agujero del techo –resultado de la fuerte lluvia del año pasado–.
Su aparición fue repentina. Quizás producto de mi imaginación o de una simple cuestión del destino que lo dejó libre de algún circo, y lo obligo a vagar por las calles hasta sentirse atraído por el lila de mi cuarto.
El punto era que yo lo tenía en mi habitación. Y no sabía cómo deshacerme de él.
Me resultaba ciertamente simpático, pero sus patas aplastaban todo aquel adorno, zapato o celular que encontraba a su paso… y eso no causaba simpatía. No había cosa que le diera para comer que suplantara sus ganas de saborear toda mi ropa y hacerla a un lado, haciendo un desastre aún mayor de mi guarida.
Fue justo cuando estaba jugueteando con mi fiaca cuando me decidí y le propuse un trato. Sin decir más, estrechamos mano y trompa.
Él se dejaría pintar cual pared de mi cuarto y se quedaría inmóvil durante el día. Yo lo dejaría vagar libremente por mis pensamientos nocturnos y hacer de mi vida un show interminable, entre payasos que me saludan por las calles, malabaristas de traje y corbata y elefantes que sólo buscan una amiga.
Oh Noel, Noel Triste hombre que sufre el frio de los corazones que no lo piensan, que sólo se preocupan por sus regalos, y no por su persona. Trabaja en la sombra, en el olvido Hasta el día en que lo recuerdan rompiendo papeles de colores.
Oh Noel, Noel Ni cartas de puño y letra te llegan ya Sólo mensajes de texto con la palabra "Santa" al 2512. Dónde quedaron aquellos niños que deseaban un carrito hecho con tus propias manos.
Oh Noel, Noel en el calor de primavera, te pensé sufriendo la eterna soledad de polo.
*** ** * texto producto de un fuerte resfrio... se nota? * ** ***